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"Será del arte el futuro. Cuando la creación expande sus fronteras" es un breve e interesante volumen digital que aborda diferentes cruces entre expresiones estéticas y nuevas tecnologías.

Pero no solo eso, el libro puso en manos de un algoritmo de inteligencia artificial​ la redacción de uno de sus capítulos (no se revelará aquí cuál para no spoilear la experiencia de los potenciales lectores de la obra).

 

Ya hay software redactando sobre finanzas y deportes para agencias internacionales de noticias, o escribiendo poesía en variadas movidas de vanguardia. En otra iniciativa se puso a una máquina a imitar el estilo compositivo de los Beatles. Pero es difícil encontrar antecedentes de algoritmos haciéndose cargo de parte de un libro, más si se trata de un trabajo en español.

Mercedes Ezquiaga, experimentada periodista y escritora especializada en arte, pasaba una minicrisis: sentía que su libro pedía un capítulo más y ella no hallaba un tema al cual dedicárselo; ninguna de las ideas que le venían a la cabeza la conformaba. Fue entonces que Mariano Sardón, coordinador de la Licenciatura en Artes Electrónicas de la Untref, le sugirió delegar la tarea en una inteligencia artificial. Y la idea prendió. "Como ejercicio me pareció novedoso y divertido",

La autora, entonces, se puso en contacto con Esteban Tablón, que se autodefine como un "apasionado por la Ciencia y su divulgación" y está a cargo del área de inteligencia artificial de una bodega de primera línea. A Tablón lo entusiasmó mucho el proyecto y fue así como —ella en Buenos Aires, él en Mendoza— se pusieron a trabajar.

La consigna era crear un ente virtual capaz de producir un texto que por su tema y su estilo pudiera pasar por uno escrito por Ezquiaga.

Entender cómo se le enseña a un sistema de inteligencia artificial a escribir puede ser muy complejo para los ajenos al asunto. Explicando el procedimiento a este diario, Tablón hizo referencia a principios matemáticos de un siglo de antigüedad y, aunque se esforzó por evitarlo, intercaló términos que refieren a problemas lógicos y de cálculo combinatorio. Sin embargo, el proceso puede explicarse a términos accesibles y a la vez bastante fieles a los hechos.

A partir de allí, Tablón y su equipo —el programador Mauricio Fariello, tres asistentes para ingreso de datos, más la colaboración una profesora de Lengua y Literatura— le incorporaron a la robot un módulo con la función de redactar, y otro capaz de aprender.

Cuando Lucía comenzó a escribir, le iban indicando qué tan satisfactoria era su producción y ella “tomaba nota” y progresaba. También se la proveyó de la capacidad de evaluarse a sí misma.

Concluida esa etapa de formación, Lucía ganó en autonomía: entonces escribía, calificaba su producción y solo daba a conocer los textos que habían alcanzado cierto puntaje.

En un determinado punto del proceso, Lucía fue escindida en dos "personalidades" diferentes. Una, pendiente de mantenerse semejante a Ezquiaga y cuidadosa de la lógica, conservadora. La otra, algo más jugada y rupturista. “Con la versión más innovadora el riesgo era el sinsentido, pero sumaba creatividad; la otra se parecía demasiado a Mercedes, y por eso su aporte no era tan valioso”, opinó Tablón. Lo publicado en el libro es de la Lucía más audaz.

Para que redactara el capítulo faltante de la obra de Ezquiaga, a Lucía Funes se le dieron tres pautas: debía escribir en el estilo de Mercedes, debía escribir sobre alguno de los temas que ella hubiera abordado en el pasado reciente y debía referirse al futuro. "Nada más se le indicó", recalca Tablón.

"Una vez le pregunté a Esteban cómo iba Lucía y me contestó: está 'balbuceando'. Entonces me mandó unas líneas: 'No se entiende nada', le dije; y me enojé. Pero después las releí varias veces y me terminé enamorando del texto. Esteban me hacía reflexionar sobre lo complejo que había sido lograr que el algoritmo escribiera sobre arte. De hecho, en esas primeras palabras vino el título del libro: Será del arte el futuro", cuenta Mercedes.

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